La Formación de los Buenos Hábitos

La Formación de los Buenos Hábitos


por William Michael
04 de febrero 2010

De mi interacción diaria con padres de familia, veo muchos de los problemas comunes que enfrentan y las soluciones que les sugieren muy diversas fuentes. Sin embargo, estas sugerencias rara vez provienen de la sabiduría de las Escrituras, de las enseñanzas de la Iglesia o de la vida de los santos. Las soluciones que se les ofrecen son como modas que irrumpen en la escena con bombo y platillo y energía, pero pronto pierden su brillo y tarde o temprano se desvanecen, dejando tras ellas todos los problemas.Uno de los mayores problemas que enfrentan los niños de la sociedad moderna es la falta de buenos hábitos. Los buenos hábitos se encuentran entre los más grandes logros humanos porque demuestran la coherencia propia en el buen comportamiento; es decir, no como un conjunto de “actos de bondad aislados”, sino como un patrón constante de bien-hacer. A veces los buenos hábitos se logran mediante un esfuerzo consciente, pero los niños normalmente los absorben de un buen ambiente. Para establecer un buen ambiente, deben resistirse sistemáticamente las distracciones y las tentaciones durante largos períodos de tiempo. Una vez instalado ese ambiente, suceden cosas maravillosas… y la mayoría de los problemas que enfrentan hoy en día las familias desaparecen. Hasta que tomemos consciencia de estos problemas y de aquello que los origina podremos esperar tener progresos en la búsqueda de buenos hábitos.

UNA SOCIEDAD SIN RUTINA

La sociedad moderna está basada en el dinero, esto es, que la gente compra productos terminados a cambio de efectivo. Si deseamos un coche, sacamos un préstamo y tenemos un auto completo… hoy. Queremos comida, nos detenemos en la pizzería… ahora mismo. Nos gustaría tener algún atuendo, lo compramos… inmediatamente. Cuando surge un problema, esperamos que haya una solución disponible en algún lugar que, por una cierta cantidad de dinero, podamos obtener enseguida. Y en muchos casos, esto es cierto. Sin embargo, compárese esto con los tiempos más sencillos de la era preindustrial.

Muchas comunidades eran autosuficientes. La ropa no se conseguía en una tienda ni se obtenía en un mostrador. Una familia tenía que alimentar un cordero, darle un corral y refugio, protegerlo del peligro durante meses y meses antes de esquilar su lana. Luego había que peinar la lana y ovillarla para poder tejerla. Recién entonces podían hacerse las prendas de vestir. Tal vez la túnica se estrenaba en agosto, pero su proceso de confección empezaba en marzo.

Para la comida, las familias no iban a una tienda a buscar un paquete de pan blanquísimo y una caja de leche. Para hacer el pan, se labraba la tierra en otoño, se sembraba el trigo antes del invierno. La cosecha, agotadora, era en verano, luego la trilla y el almacenamiento del grano. Después, la molienda para producir la harina, que se amasaba y horneaba para, finalmente, obtener el pan. Así, una buena comida era el resultado de meses y meses de trabajo.

La gente de aquellos tiempos entendía el concepto de rutina. Debido a que las cosas tomaban más tiempo, sólo se podía tener unas cuantas cosas; y tenían que ser cosas prioritarias, que debían ser preparadas y provistas cuidadosamente. Para cubrir todas las necesidades esenciales, las familias debían seguir una rutina estacional que llegó a hacerse de manera inconsciente después de generaciones.

Hoy en día la mayoría de las familias desconoce completamente lo que es la rutina. Las estaciones cambian y lo único que realmente se ve afectado es qué ropa debe bajarse del ático y cuál debe guardarse, y qué fiestas se celebran. Hay algunas situaciones en las que hay una cierta rutina pero no muchas. Muy pocas familias en la sociedad moderna oran juntas, trabajan unidas, estudian o comen unidas, etc. Hay muy poca rutina y al final, la cultura se convierte en aquella como la que se describe del mundo antiguo:

Por aquel tiempo no había rey en Israel,
y cada uno hacía lo que le parecía bien. – Jueces 21,25

LAS CONSECUENCIAS PRÁCTICAS DE LA SOCIEDAD MODERNA

En libros y revistas para padres, hay una lista recurrente de problemas comunes en la crianza de los hijos.

  • Niños con malos hábitos de estudio, falta de concentración, etc.
  • Niños muy desordenados, desorganizados, etc.
  • Niños que no comen bien, que prefieren dulces, comida rápida, etc.
  • Niños ociosos, que siempre están jugando, que viven metidos en problemas, etc.
  • Niños que no oran, no cantan ni disfrutan las actividades devocionales.

Hoy en día, los estantes de las librerías y las frecuencias de radio y televisión están abarrotados con los sabios consejos de los gurús de la paternidad… pero ¿es que no es evidente el verdadero problema que tienen en común? No necesitamos pedir que McDonald’s ofrezca ensaladas en lugar de Big Macs. No necesitamos comprar más cajones plásticos para evitar que la ropa esté tirada en el suelo de las habitaciones. No necesitamos negociar con nuestros hijos para que equilibren el tiempo de Wii y el tiempo de estudio vespertino. Tenemos que tomar verdadera consciencia de que la familia está en una espiral de pérdida de control, en la medida en que se conforma inconscientemente con la sociedad secular moderna que convoca a todos a sacrificar su vida espiritual e intelectual en aras de la economía, a modo de construir una sociedad de ciudadanos impíos e ignorantes pero bien alimentados e inmunizados.

Es debido a que se ha abandonado el verdadero fin de la educación que los niños no están motivados para estudiar. ¿Para qué van a estudiar? Lo único que se requiere es que aprendan la información básica aprobada por el estado en cada una de las áreas de las materias modernas. Las parroquias no suelen pedir mucho más que la asistencia a la escuela dominical para la preparación sacramental. Las universidades aceptan a sus alumnos con calificaciones promedio en un programa de estudio promedio. Se obtiene cualquier título que se necesite con notas mediocres y se puede encontrar un trabajo que requiera muy poco de ellos pero que se sigan instrucciones y que se presenten a tiempo… la mayoría de las veces. Cuando surge un problema, aparece el gobierno listo para cubrir los problemas con soluciones financiadas con impuestos que estimulen la economía y permitan que las personas sigan comprando. Después de todo, hay 300 millones de personas de las que se pueden obtener los fondos cuando se necesiten. Y si no podemos cubrir los gastos, siempre podemos pedir prestado a nuestros nietos no nacidos para financiar nuestras necesidades de hoy. Un sistema precioso.

Además, puesto que cada ciudadano en última instancia se asegura su propio título y busca su propio trabajo individual, hay muy pocas razones para que un niño honre a su madre y a su padre. Es poco probable que viva cerca de ellos cuando finalmente elija la universidad a la que va a asistir, o el trabajo que terminará haciendo, por lo que los bienes y la situación de sus padres le importan poco. Por otra parte, ya que mamá y papá están hipotecados hasta el cuello, no tienen nada que ofrecer a sus hijos y, de hecho, están deseando que llegue el día cuando los hijos crezcan y consigan sus propios empleos… y sus propias hipotecas.

¿Por qué entonces aun es importante la familia? Sin duda, la madre y el padre pueden dar vida al niño, pero el estado puede ocuparse de allí en adelante. ¿Podemos decir que la madre y el padre dan al niño su alimento y vestido? No exactamente. Ellos mismos se han hecho dependientes de otros para sus necesidades básicas y el estado también las puede cubrir. ¿Es necesaria la familia para la educación? No, el estado también puede hacerse cargo de ello. Siempre que el objetivo del niño sea tener empleo en el futuro, un techo sobre su cabeza y algo de comida en la mesa, no hay razón para honrar al Padre y a la Madre, en absoluto. Después de todo, no vivimos en el antiguo Israel o la Europa medieval. La familia y la comunidad importaban en ese entonces, pero ahora no. La idea de la obediencia a los padres es innecesaria.

NO SOLAMENTE “CON PALABRAS, SINO CON OBRAS Y DE VERDAD”

Vemos que este espíritu de independencia se va filtrando tanto en hogares cristianos como no cristianos. Los mismos padres a menudo viven con este espíritu y la rutina del hogar es la de la espontaneidad, el ocio y el materialismo. Si existe un horario, está centrado no alrededor de ora et labora, sino manduca et labora (come y trabaja) o labora et lude (trabaja y juga); la rutina que surge de ese esquema no es la de la sociedad cristiana antigua. Los hábitos que se instalan no son hábitos de oración, de estudio ni del trabajo que da satisfacción. Son hábitos de pereza, gula, ociosidad y auto justificación. Si queremos cambiar los hábitos, debe cambiar completamente la orientación de nuestras vidas. Lo genuino de nuestro deseo de cambio se verá en qué tan radicalmente lo hagamos.

En mis artículos, el primer consejo que doy tiene que ver con el horario. A pesar de que la gente lo niegue, la realidad es que el horario de cada persona refleja sus prioridades. El día tiene 24 horas: ¿qué es lo más importante por hacer con ese tiempo? ¿Hacer dinero? ¿Comer? ¿Dormir? Nadie va a admitir que estas son las mayores prioridades, y sin embargo, su horario diario (si es que lo tienen) sugiere que sí. Las consecuencias de esta realidad son lo que son. No es ningún misterio que a los niños no les interesa mucho la oración ni el estudio. O que no prestan atención a sus estudios durante mucho tiempo. O que les importa más la comida que la oración. Sus hábitos son producto de la vida en su hogar. No deberían sorprendernos estos hábitos; lo que debería sorprendernos es que los padres esperen un comportamiento diferente.

Si necesita ayuda para trabajar con el horario de su familia, le recomiendo un artículo que escribí, Cómo crear un Horario. No es en esta idea donde quisiera terminar este artículo.

HACER ORDEN A PARTIR DEL DESORDEN

Muchas familias cristianas –incluso cuando han entendido esto– son desalentadas y estresadas con la constante sensación de que en cualquier momento van a sucumbir aplastados por el caos. Pareciera que, si ya entendimos cuál es el problema, tendríamos que poder levantarnos cada mañana con todo en paz y en su lugar.

Pues bien, esto es falso.

En el Jardín del Edén, Dios creó un mundo de belleza… pero también de desorden. Creó al hombre para realizar una tarea específica en este nuevo mundo:

“Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase”. – Gen. 2:15

Ahora bien, es evidente que al hombre se le dio el don de la Razón para que pudiera actuar como gobernador de Dios en el mundo. Al hombre se le asignó la tarea de convertir el potencial desorden en orden y mantenerlo así. Por lo tanto, es una característica esencial de los seres humanos el encontrar desorden. Hacer orden del desorden es el fin práctico para el que fueron creados.

Cuando crece la hierba, las vacas saben que es su trabajo comérsela. Cuando se abren las flores, las abejas saben cómo polinizarlas. Los animales no se estresan ni se quejan cuando se ven frente a sus deberes. El que haya esa tarea habla de la importancia de su existencia en el mundo. Del mismo modo, encontrar desorden a nuestro alrededor no nos debe sorprender: es la razón por la que existimos. Debemos enfrentar ese desorden con el mismo afán apacible que vemos en los animales e insectos que nos rodean.

Observe que cuando Dios creó el mundo lo construyó con sus límites geográficos (mares y tierras), límites de tiempo (estrellas, sol y luna) y diferencias en las especies que serían perceptibles por el hombre que estaba para ordenarlos. Por supuesto, las artes liberales clásicas brotaron naturalmente de este deber a medida que el hombre buscaba identificar el orden deseado por Dios y estructurar su gestión terrenal según la sabiduría de Dios. No es de extrañar que Nuestro Señor nos enseñara a pedir que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Ése es el deber del hombre.

Por lo tanto, el ordenar la casa, el ordenar el tiempo y la gestión de la vida en general es nuestro trabajo normal. No existe la paz y tranquilidad natural. Lo natural es el desorden y la confusión, y es nuestra tarea atender diariamente este desorden y hacer orden a partir de él. Nuestro estrés no se debe a ese desorden, sino a nuestra expectativa de terminar nuestro trabajo antes de que realmente haya terminado. Es el deseo de dejar de trabajar lo que hace que el trabajo se vuelva tan estresante; el deseo de dejar de limpiar es lo que vuelve estresante la limpieza; el deseo de dejar de estudiar es lo que vuelve estresante el estudio. Es ese deseo de ocio, que no es natural, el que genera nuestro estrés y desorden, en lugar de aliviarlo. No hay tal deseo entre las vacas y las abejas, que hacen tranquilamente su trabajo cotidiano… todos los días. Ellas no tienen videojuegos ni se toman vacaciones. No se la pasan jugando al golf ni yendo de compras. Hacen tranquilamente su trabajo todos los días. Esta es la simplicidad de vida que enseñó San Pablo:

“Pero os exhortamos… a que ambicionéis vivir en tranquilidad, ocupándoos en vuestros asuntos, y trabajando con vuestras manos, como os lo tenemos ordenado, a fin de que viváis dignamente ante los de fuera, y no necesitéis de nadie. -1Tes 4:11-12

Esta vida difícilmente se parece a la vida de la familia moderna y esta es la verdadera causa del problema. La familia moderna está descontenta con la sencilla tarea que le toca y se esfuerza por tantas cosas innecesarias que vive una vida muy contraria a la que Jesús y los Apóstoles enseñaron. La familia moderna está llena de ruido, llena de juego y ocio, dando a menudo un testimonio poco atractivo en la comunidad, dependiente de muchísimas otras personas ¡para todo lo que consumen! Esta no es la vida cristiana. Debemos darnos cuenta de que el deseo de alejarnos de nuestro trabajo necesario dado por Dios como gobernadores de la tierra y sus asuntos es la causa de todo el estrés, la confusión y la pobreza espiritual que padecemos. Después de todo, el domingo sólo es domingo si viene después de seis días de trabajo.

UN EJEMPLO PERSONAL

Mi esposa y yo nos casamos en 1998. Cuando nos casamos, yo estaba leyendo a Séneca, el antiguo filósofo estoico. En sus cartas, escribió sobre la insensatez de quienes salen de vacaciones. Al parecer, estos hombres querían “escapar” de sus vidas reales alejándose a un lugar donde hubiera paz, tranquilidad y la oportunidad para el ocio. Sin embargo, Séneca señalaba que se trata de un sueño vano, ¡porque el problema en la vida de los hombres viajaría con ellos dondequiera que fueran! El estrés no era causado por el ambiente, sino por los mismos hombres que vivían en ese ambiente. Séneca argumentaba que si esos hombres vivieran con mayor sencillez, su propia vida les proporcionaría toda la tranquilidad y comodidad que esperaban encontrar en otro lugar. También leímos una cita que realmente nos impactó: “El deber realizado es para el alma como estar junto al fuego del hogar”.

Mi esposa y yo decidimos que íbamos a vivir una vida que fuera tan apacible y agradable de modo que nunca tuviéramos el deseo de ir a cualquier otro lugar. Dirigimos todos nuestros esfuerzos en nuestro horario, rutinas y trabajo cotidiano para que, con el deber siempre cumplido, nuestras almas, estuvieran en reposo en todo momento, como junto al fuego de un hogar.

A pesar de que nos tomó algo de tiempo acomodar las cosas, al día de hoy hemos pasado más de 10 años sin ningún pensamiento de “huir”. Nuestra vida consiste de “actividades no recreativas” y a veces trabajamos desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la mañana del día siguiente, pero todo es paz y tranquilidad. No buscamos ninguna otra cosa. No queremos estar en ningún otro lugar. Nos afanamos por encontrar satisfacción en ver que nuestro trabajo está bien hecho y hacemos del arte de vivir bien nuestra mayor recreación. Rezamos la Liturgia de las Horas todos los días y disfrutamos de un ambiente tipo monástico en casa. Participamos activamente en obras misioneras y gracias a eso, podemos comprometernos con obras de caridad. Creemos haber llegado a conocer la paz que todo el mundo busca –la paz que también nosotros buscábamos– solo en el lugar correcto: dentro de nosotros mismos. El problema en toda nuestra sociedad es el deseo de evitar el trabajo necesario.

LA FORMACIÓN DE HÁBITOS

Lo que me motivó a escribir este artículo fue una pregunta de un padre de familia acerca de los hábitos de estudio. Es común, hoy en día, hablar sobre los hábitos de un niño, pero ¿cómo adquiere hábitos un niño? El ambiente en el que vive está controlado por adultos. Ese ambiente y la rutina de las actividades del mismo son el espacio que genera los hábitos en el niño. El niño no crea sus propios hábitos sino que es entrenado en los hábitos por su entorno.

Por lo tanto, ¿cómo podemos esperar que nuestros hijos tengan buenos hábitos de estudio, trabajo y oración, si la rutina no está regida por el estudio, el trabajo y la oración? Los hábitos que los hijos desarrollen serán los de la rutina en la que crezcan, no aquélla con la que sus padres, sin hacer nada, sueñan o sobre la que leen que se da en otros hogares. La formación de los hijos no es complicada cuando están inmersos en un ambiente que está constantemente inculcándoles buenos hábitos. La disciplina tiene una función específica y simple cuando la casa está firmemente arraigada en una buena rutina; en vez de ser una fuente de control de turbas en un hogar salvaje y sin principios. Si los padres quieren que sus hijos tengan buenos hábitos, necesitan establecer buenas rutinas; no tratar de forzar a cada momento un buen comportamiento durante todo el día. Los hábitos procederán naturalmente de la rutina. Donde los padres viven en desorden, sus órdenes vacías y sus reclamos no van a ordenar y santificar los hábitos de los niños. ¿Qué esperan los padres de gritarles a sus niños por sus malos hábitos, cuando esos hábitos tienen su origen en la propia vida de los padres?

Por lo tanto, antes de comprar otro libro para padres o de probar algún nuevo consejito para lograr que sus hijos hagan algo que deberían hacer por costumbre, cambie la cultura de la casa. Establezca una rutina que sea buena y responsable. Puede costar mucho sacrificio y meses de esfuerzo sostenido para no volver a caer en las viejas costumbres, pero ese es el precio de la felicidad. Si usted no está dispuesto a pagar el precio, no se queje cuando vea que no goza de los beneficios de quienes sí lo hacen.

CONCLUSIÓN

No hay misterios en la crianza de los hijos y la vida familiar. Nuestro Señor nos enseñó el principio de que “lo que uno siembre, eso cosechará”. Hay pocas sorpresas en el momento de la cosecha. Quienes flojean al momento de sembrar o de cultivar reciben lo que se merecen, y los que trabajan diligentemente, también. Si queremos niños con buenos hábitos, tenemos que criarlos en hogares con rutinas responsables. Estas rutinas formarán los hábitos de los que se beneficiarán los niños. En el deporte se dice que “la victoria engendra victoria”. En educación, pasa lo mismo. El temprano sabor del éxito y el reconocimiento que los niños disfrutan por sus buenos hábitos desarrollará en ellos un aprecio por esos hábitos. Por el contrario, una familia inmersa en la modernidad, como se mencionó anteriormente, está perdida en el mar sin ancla y con vientos que cambian constantemente.

Debemos mortificar el perjudicial deseo que tenemos de ocio y dedicarnos a amar nuestro trabajo necesario. Tenemos que simplificar nuestros deseos y buscar tener un corazón indiviso que siga la enseñanza de San Pablo. Tenemos que aceptar el trabajo de cada día como el propósito de nuestra existencia y hacerlo con la misma alegría y perseverancia que vemos en los animales que están libres de la competencia. En la medida en que hagamos estas cosas, vamos a desarrollar rutinas saludables, que comenzarán a crear en nosotros hábitos saludables. Una vez establecido el ambiente, nuestros hijos estarán bajo esa influencia y no la del mundo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *